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LADY LAME'S DIARY

En el corazón de Londres, envuelta en la niebla de 1929, vivía una niña con ojos del color del cielo después de la lluvia, un azul profundo que parecía reflejar el misterio del infinito.

Se llamaba Katy Lame, pero en el barrio y en la escuela todos la conocían como Lady Lame, un apodo afectuoso nacido de su elegancia innata y de su precoz interés por la ciencia, una pasión heredada de su padre, Arthur Lame, un hombre cuyo genio estaba permanentemente envuelto en sombras oscuras.

Arthur Lame, uno de los científicos más brillantes del Reino Unido, era un hombre de complexión robusta y rostro marcado por un tormento interior. Graduado en tecnologías de vanguardia, había dedicado su vida a crear inventos que esperaba pudieran mejorar el mundo. Pero la guerra había corrompido esos sueños, transformándolos en pesadillas.
Cada uno de sus descubrimientos era utilizado para construir armas de destrucción, algo que Arthur no podía soportar. Su alma estaba desgarrada por una creciente inquietud, como un veneno que se extendía lentamente por cada rincón de su vida.

A su lado, Rosa, su esposa, representaba un faro de esperanza en aquel mar en tempestad. Proveniente de Sicilia, tierra de sol y antiguas leyendas, donde el mar susurra historias de pueblos perdidos, Rosa enseñaba italiano en una escuela secundaria de Coventry. Llevaba consigo la dulzura y la fuerza de su tierra natal, una combinación que había conquistado a Arthur con su refinada inteligencia y un encanto atemporal, convirtiéndola en el pilar sobre el que se sostenía toda la familia.

Su casa en Londres, aunque modesta, era un refugio lleno de vida y calidez. Katy pasaba los días entre experimentos científicos improvisados, siguiendo las lecciones de su padre sobre los secretos de la física y la química. Por la noche, se sumergía en la cultura italiana, aprendiendo de su madre la lengua melodiosa y las historias de un mundo tan lejano como fascinante. Pero aquel frágil equilibrio de paz estaba a punto de romperse.

El 3 de septiembre de 1939, Inglaterra declaró la guerra a Alemania.
Las bombas comenzaron a caer sobre Londres, anunciando una era de terror e incertidumbre. Arthur y Rosa comprendieron que debían huir, buscar refugio en Sicilia, donde la familia de Rosa los esperaba. Arthur, con la precisión de un científico, planificó cada detalle: un viaje en barco hacia Génova, desde donde descenderían hacia el sur de Italia. Sin embargo, el destino tenía otros planes.

Poco antes de partir, Arthur recibió una carta con el sello del gobierno británico. Era una llamada al ejército, una convocatoria a la que no podía negarse, para diseñar nuevas armas de guerra. Sintió crecer en su interior un profundo rechazo, pero sabía que no tenía elección.

Aquella noche regresó a casa con el corazón oprimido por un peso insoportable. Rosa y Katy terminaban de preparar las maletas cuando Arthur entró en el salón. Su rostro, normalmente impasible, estaba marcado por una profunda preocupación.

“He sido llamado”, murmuró, con la voz quebrada por la emoción contenida.

Rosa lo miró con los ojos llenos de una comprensión silenciosa, consciente de que aquella separación podría ser definitiva. Katy, que escuchaba escondida tras la puerta, sintió un nudo apretarle el corazón. Corrió hacia su padre, buscando refugio en sus brazos cálidos y protectores.

Arthur se arrodilló frente a su hija y le entregó una pequeña caja de madera, finamente tallada y adornada con un antiguo sello. Era un objeto misterioso, que parecía contener el peso de siglos de secretos olvidados.

“Katy, esta caja es para ti”, dijo Arthur, intentando mantener la voz firme. “Dentro hay algo muy valioso, un secreto que se transmite de generación en generación en nuestra familia. Debes llevarla siempre contigo, pero no la abras nunca, a menos que sea absolutamente necesario.”

Katy tomó la caja, sintiendo el peso de la responsabilidad que su padre le estaba confiando, una carga cuya magnitud aún no comprendía del todo, pero que percibía como algo extraordinario.

A la mañana siguiente, Arthur acompañó a Rosa y a Katy al puerto. Las despedidas fueron breves pero intensas, cargadas de abrazos desesperados y lágrimas imposibles de contener. Arthur besó la frente de su hija y susurró: “Sé fuerte, mi pequeña Lady Lame. La ciencia te guiará.”

Katy asintió, conteniendo las lágrimas, mientras veía a su padre alejarse, con el corazón lleno de un dolor que parecía no tener fin.

El viaje hacia Italia fue largo y peligroso, envuelto en una atmósfera de tensión constante. Rosa y Katy cambiaron de barcos y trenes, atravesando mares agitados y tierras devastadas por la guerra. Cada día era un desafío, y el miedo a ser capturadas las seguía como una sombra. Katy mantenía la caja siempre cerca, escondida bajo la ropa, sintiendo casi su latido, como si dentro hubiera un corazón lleno de misterio.

Finalmente, tras semanas de dificultades e incertidumbre, llegaron a Génova. El puerto era un caos de almas desesperadas, todas huyendo de un mundo en llamas. Rosa sostenía con fuerza la mano de Katy, guiándola entre la multitud. Estaban a punto de alcanzar el muelle cuando una patrulla de soldados italianos las detuvo.

“¡Mamá!”, susurró Katy, con el terror apretándole la garganta.

Rosa intentó mantener la calma y se acercó a los soldados para explicar su situación. Pero los soldados, sin compasión y fieles a las órdenes de sus superiores, tenían un objetivo claro: separar a las familias de los niños. Katy comprendió de inmediato el peligro y, impulsada por una fuerza inexplicable, sintió que debía abrir la caja.

Con manos temblorosas, la abrió y encontró en su interior un pequeño dispositivo metálico, similar a un reloj, pero con luces que pulsaban rítmicamente. No sabía exactamente qué era, pero intuía que se trataba de un artefacto antiguo que nunca había visto antes.

Respiró profundamente y presionó un botón con forma de estrella. El dispositivo emitió un sonido tenue, casi imperceptible. De inmediato, los soldados y todas las personas a su alrededor se detuvieron, como si el tiempo se hubiera congelado. Sus ojos se volvieron vidriosos, sin expresión. Rosa, ajena al milagro que estaba ocurriendo, seguía hablándoles, pero Katy la tomó de la mano.

“Mamá, vámonos, ¡ahora!”

Rosa percibió la urgencia en la voz de su hija y, sin dudarlo, se alejó con ella, dejando a los soldados inmóviles como estatuas. Solo cuando estuvieron a una distancia segura, Katy cerró la caja y el dispositivo se apagó. Los soldados retomaron sus movimientos, sin ser conscientes de lo ocurrido.

Rosa no hizo preguntas, y Katy no dio explicaciones. Solo sabía que su padre le había dejado un regalo capaz de protegerla en un mundo que se volvía cada día más peligroso.

El viaje hacia Sicilia continuó y, cuando finalmente llegaron a la casa de sus familiares, Katy se detuvo un momento a contemplar el mar, con el corazón lleno de nostalgia por su padre. Esperaba que algún día volverían a reunirse, pero mientras tuviera aquella caja, sabía que una parte de él permanecería con ella, guiándola en los momentos más oscuros, tal como le había prometido.

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